Acompañamos personas, educamos corazones

Por Jesús Humberto Maldonado Rodríguez

Hace un año, en este mismo periodo de fechas, cerrando cursos cuatrimestrales y semestrales, un grupo de cinco alumnos, a quienes recuerdo con corazón agradecido y a quienes aún veo en los pasillos universitarios, se acercaron para compartir un detalle, propio de las fechas navideñas y una de ellas toma la palabra para decirme: “Profe, usted es diferente. No deja de ser estricto, porque, aunque me puso pocos puntos en las actividades, siempre nos regala mensajes diferentes, nos trata bien y eso es lo que nos gusta de su clase. Nunca cambie.” 

Soy creyente de que todo pasa por algo y todo llega en el momento indicado, sin duda habían sido unos meses complicados, donde profesional y personalmente, la vida era una ruleta de emociones, fueron muchas dudas y días completos de repensar, replantear mucho de lo que hacía. Sin embargo, este grupo de alumnos me hizo recordar el porque estaba en un salón de clases y el porque todos los días despertaba para ir al encuentro no solo de alumnos, de cientos y cientos de historias que la práctica docente me ha regalado. 

Ya lo decía Aristóteles: “educar la mente sin educar el corazón no es educación en absoluto” y me resulta un aforismo demasiado atinado para quienes en el aula pasamos nuestros días y muchos años. Los tiempos han cambiado y eso no es del todo negativo, es la oportunidad que tenemos cada día de seguir siendo parte del cambio, de seguir inspirando y mejorando nuestros entornos. 

Mucho se habla y vivimos un tiempo en que apasionarse por lo que uno realiza en las aulas y en cualquier área, es “romantizar”, en un sentido despectivo es querer negar que la educación es un ejercicio de compromiso y corresponsabilidad. Si los tiempos han cambiado, todo cambió y es justo que entonces volvamos a ser los formadores, los pedagogos, docentes o maestros que acompañan a las generaciones en medio de su tiempo, sin ser del tiempo. Formamos hombres y mujeres en un presente que se nos va de las manos, con metodologías que hemos heredado para un futuro que es incierto. 

Tal vez lo único cierto que tenemos es que, a quienes vemos cada día, en cada escuela, en sus salones y pasillos son mujeres y hombres, con muchos contextos, quienes sueñan y quienes no encuentran una razón para seguir, para descubrir la asombroso del aprender y compartir cada día la vida en las aulas. 

No tenemos máquinas frente a nosotros y aunque pareciera que son parte de algún algoritmo, estamos llamados a descalzarnos cuando pisamos la tierra sagrada de sus vidas, de sus historias y de sus muchos sueños y proyectos. Entenderlos desde su humanidad, donde no son un conjunto de órganos que le mantienen vivo, donde no se trata solo de conocimientos, muchas veces fríos y duros, sino también se trata de humanidad. Cada discente es un cumulo de emociones que impactan todos los días en nuestros entornos, son un sinfín de pasiones que hacen que nuestro contexto siga desarrollándose con el esfuerzo, dedicación y compromiso con el que cada día se presentan en sus trincheras; son millones de sueños que desean alcanzarse y trascender. 

Así es, tenemos humanos frente a nosotros, que no solo aprenden, que también sienten. Ellos son nuestra razón de ser. ¿Qué podemos hacer para acompañarlos? ¡Formamos personas! ¡Tenemos corazones frente a nosotros! Por muy romántico y criticado que pueda resultar, no es cualquier cosa. Mucho se habla de la frase del gran filosofo de Hipona, San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, pero no lo hemos aun entendido. No podemos hablar de ser docentes sin amar la educación, no podemos ser docentes sin enamorarnos cada día de nuestras aulas, con sus aciertos y defectos. Amar para enseñar, desde esa gran pedagogía del amor. 

Entiendo, es cierto que muchas veces la desmotivación nos invade, he sido testigo encarnando la misma; pero no todo está perdido. Hace tiempo un gran maestro me regalo un gran mensaje: “entiendo que quieres dar la vida por todos, es genuino tu sentir, pero aprenderás que no todos quieren. Con eso, sabrás que cuando alguien te escucha, cuando logras algo con uno solo, todo tu trabajo habrá valido la pena”, y es verdad. Tal vez solo sea uno entre las decenas de cada grupo, pero ese uno, esa individualidad habrá alcanzado sus sueños, planteado nuevos proyectos y así somos constructores de nuevos entornos.

Quiero finalizar recordando a dos grandes personas, que estos días han conquistado algunos proyectos: a mi estimado tocayo el Mtro. Humberto, quién recientemente ha tenido experiencias vitales que no pueden pasar desapercibidas, y con ello se mantiene firme en su gran compromiso y convicción de seguir formando a las nuevas generaciones desde sus trincheras, desde una oficina, de su biblioteca y desde el aula, todo habrá valido la pena, todo esfuerzo te ha de ser recompensado. Sabemos cuál es nuestro llamado en los centros escolares, sabemos para que hemos llegado y eso es tu gran fortaleza, algún día desde el camino recorrido, podrás ver la gran estela de luz depositada en el cielo de tantas personas a las que has acompañado. ¡Felicidades por lo alcanzado! 

Y finalmente a mi alumno Óscar, quien, en el poco tiempo compartido, he descubierto su gran capacidad, mi estimado, deseo desde lo más profundo que tus ideales se mantengan intactos y que cuando algo haya que cambiar, sea siempre con esa mirada de una ética de la corresponsabilidad, donde tus logros, tus proyectos nos invitan a replantearnos nuestra existencia en relación con los demás. Sin duda, deseo que este logro que hoy será reconocido sea para ti un impulso más para trascender como es tu deseo. Nunca dejes de soñar.

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