Con gratitud a mis maestros de vida

Por Jesús Humberto Maldonado Rodríguez

“El joven educa al joven muchacho” Con esas palabras iniciaba hace poco más de una década mi recorridopor las aulas. 

Sentado en la dirección general de una de las primeras instituciones donde laboré, al concluir la entrevista y la propuesta de materias a impartir en la sección bachillerato, la directora, la hermana, Silvia, aceptaría mi contratación con aquella premisa, “El joven educa al joven”. 

El mundo de la docencia siempre será un espacio donde uno aprende constantemente, donde siempre hay que tener el corazón y el intelecto dispuestos a recibir nuevas experiencias, encomiendas y la voluntad para asumir los muchos retos y desafíos que se pueden presentar en el devenir de los días. 

Pero no siempre es fácil, en el recorrido como docentes hemos experimentado más de algún trago amargo en el ejercicio de la profesión o la vivencia de la vocación. 

Siempre lo he dicho y estoy convencido que muchos de los que estamos en la docencia, hemos llegado por “accidente” y esto puede incomodar a muchos, sin embargo, es una gran realidad del sistema educativo. Hoy que cada vez son menos los estudiantes de una escuela normal, son muchos los profesionistas de distintas áreas del conocimiento que por alguna razón entran en el mundo de la docencia. En un México del pasado donde el magisterio tenía grandes beneficios y gozaba de la credibilidad de la sociedad, donde todos aspiraban a ser docentes, hoy la realidad es otra. Frente a un panorama donde la educación y el magisterio siguen siendo una bandera política, se han quedado en el pasado aquellos beneficios. 

Y no es un reclamo, es una aceptación de la propia realidad, el ejercicio de la docencia es un llamado misterioso que llega y simplemente uno tiene que atender o declinar. Y cuando se atiende es necesario mantener viva la chispa de poder ser parte de la construcción de un nuevo contexto, de la inspiración de las nuevas generaciones que día a día se forman para mejorar nuestras sociedades. 

En alguna ocasión, frente a una reunión de Consejo Técnico Escolar, compartía con mis compañeros docentes, “¡Felicidades!, son parte de los valientes que asumen el compromiso frente a un trabajo de alto riesgo”, y es que no era mentira, cada vez el docente se enfrenta a muchos retos impuestos por el mismo sistema, demasiados papeleos, cientos de protocolos, sociedades enojadas, niñas, niños y adolescentes abandonados, jóvenes que muchas veces han perdido el sentido y si sumamos las experiencias personales, muchas veces la precariedad de los ingresos, los contextos sociolaborales hostiles, la corrupción en los procesos de selección y donde importa todo menos la formación integral, aunque como eslogan suene muy prometedor. 

Lo peor que le puede pasar a un grupo es tener un profesor sin esperanza, un profesor cansado y solo conformado con su “destino de dar clases porque es lo que hay”, un docente que le pueda importar poco la verdadera formación y el acompañamiento integral de sus grupos. 

Nos tacharan de románticos, de romantizar la educación, de ser un verdadero disparate; pero entonces ¿para qué estamos en una escuela? ¿para qué atender todos los días nuestros grupos? Nuestro llamado a la docencia es un despertar conciencias y formar no solo licenciados e ingenieros, es formar y acompañar a las nuevas generaciones. 

Muchas veces es más cómodo justificarnos con aquella afirmación: “En la escuela vienen a aprender, en sus casas debieron educarlos (enseñarles valores)”, pero todo sabemos que hoy nuestro contexto cada vez mas crudo, hace visible que en los hogares muchas veces estuvieron solos nuestros alumnos. 

No podemos justificarnos, si nosotros, nuestros grupos son la oportunidad para que el alumno se forme integralmente, soy yo responsable de la formación no solo académica de mis alumnos, también, desde mi convicción cuando así pasa o desde tu compromiso como profesionista, de su formación en competencias para la vida, ética, habilidades sociales, resolución de conflictos, etc. 

Hoy escribo para todos mis colegas, porque es verdad que hoy necesitamos ser más los apasionados por la enseñanza y la docencia. Somos un papel importante para la construcción de nuestros entornos. 

Nadie nos ha arrebatado la posibilidad de soñar y de perseguir los mismos. Hoy aun podemos inspirar, así como lo hizo Silvia en su momento, todos podemos creer que, sin importar la edad, nuestra juventud radica en la actualización constante, en el esfuerzo que todos los días hacemos para mejorar nuestras sociedades. 

Deseo que todos en nuestras vidas, tengamos una Silvia, un Gabriel, Susana, Jesús, Nancy, un Javier, Julio, Luisa, Raquel, Eve, Rubén mujeres y hombres que en su momento han confiado en mi ejercicio docente y me han permitido hacer “locuras” en los centros educativos, que me permiten seguir siendo joven en mi ejercicio profesional. A todos ustedes, de corazón les agradezco y los llevo cerca de mi corazón, atesorando las grandes lecciones y los muchos momentos que me han regalado de compartir, gracias por sus palabras en mis momentos de tormentas, por su impulso cuando creía no poder más, gracias por permitir a este soñador hacer algo diferente. 

Esto es parte de la docencia, jamás olvidar a los propios docentes, a quienes te enseñan y muestran el camino para transitar, de corazón gracias, por tanto. 

Y ustedes ¿a quién tendrías que agradecer? ¿Quiénes están guardados en la memoria del corazón? 

Con cariño: Prof Beto Maldonado. 

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