Cuando el final está cerca

Por: Jesús Humberto Maldonado Rodríguez

Somos testigos de los grandes cambios que está experimentando nuestra sociedad, por todos lados vemos y escuchamos noticias, transmisiones en vivo y una avalancha constante de información que día a día nos ponen al tanto de lo que estamos viviendo.

En los libros de historia y en las historias de nuestros adultos, existe aun información sobre las catástrofes provocadas en la Segunda Guerra Mundial, un hecho que marcó un precedente y que sin duda nos hizo replantearnos nuestro lugar en la tierra. 

Han pasado 80 años en la historia en que poco a poco se desvanecen los recuerdos y nos lleva a tener presente nuevamente la premisa “el que se olvida de su historia está condenado a repetirla”, sin duda el mundo ha cambiado y no somos ajenos a ello. La experiencia del pasado nos deja el testimonio del terror y la muerte que se ha provocado, una estela que ha dejado mella en nuestro contexto y que pareciera que hoy, nos preocupa poco lo que vemos en todos los países. 

En 1947, la sociedad de Científicos Atómicos, como un recuerdo de lo peligroso que esta siendo el “progreso” sin un pensamiento ético y cuidadoso, hicieron visible el que se llamó y hoy aun lo conocemos como el “Reloj del juicio final”, cuya hora simbólica es la media noche. Cuanto más cerca la media noche se encuentren las manecillas, mayor es el riesgo que experimenta la humanidad de presenciar una gran catástrofe.

Año con año, la misma sociedad se encarga de actualizar, para retroceder o bien para avanzar las manecillas del reloj, el pasado mes de enero, se hizo publico el cambio en las manecillas del reloj, marcando 85 segundos antes de la media noche, poco mas de un minuto. Lo que representa una amenaza constante a la paz mundial, una evidencia de la ruptura de los tratados, de la perdida de comunicación y sobre todo un constante crecimiento de tecnologías disruptivas que ponen en riesgo a las naciones. 

Años atrás el sociólogo Zygmunt Bauman, presentó su teoría de la sociedad liquida y con ello fue el inicio de un análisis de los diversos conceptos que forman parte de esta misma cultura, entre ellos el “Miedo líquido”. 

Muchas veces a lo largo de la historia hemos sido testigos de este mismo miedo, un miedo que se adapta al recipiente que lo contiene, que no goza de una forma como tal, sino que está a disposición del contexto, del tiempo y de las estructuras. 

Prueba de ello, es la fuerza que tiene el género apocalíptico del que gozan varios escritos, desde los religiosos, hasta aquellos que se pueden presentar como los más científicos, y entonces se hace una lectura de las realidades desde ese morbo que provoca el final de los tiempos. Traigo a la memoria, por ejemplo, los tres días de oscuridad en el año de 1997, posteriormente el comienzo del siglo XXI (inicio de año 2000), el 6 de junio de 2006 (por ser el numero de la bestia 666), la profecía de las calaveras de cristal (popularizada por el cine y la New Age), el calendario azteca, el aislamiento en el COVID, en fin, múltiples textos, relatos o tradiciones que colocan a la humanidad de cara a un posible e inminente fin de sus días. 

En los acontecimientos mencionados, en sus propios tiempos fueron una manera de experimentar este miedo líquido, una sensación temporal que provoca un temor y un terror en el momento, vemos a las naciones movilizarse, a los pueblos inquietarse por lo que se dice que ha de venir, pero a penas, tomamos o creemos que hemos tomado el control, este miedo se difumina, desaparece, se evapora. Sin haber dejado acciones concretas que mejoren los contextos en que nos desenvolvemos. Son esfuerzos también líquidos que ponen en riesgo el destino de las naciones. 

En el año 2020, pareciera que se encontró la “solución” a los grandes problemas que aquejan a la humanidad, brillaron entonces aquellas afirmaciones que aseguran que: “el único virus que hay que erradicar es al hombre”, quizá como un esfuerzo desesperado por ver restaurada nuestra convivencia con los entornos, o tal vez como el signo de un abandono total al sin sentido, a la falta de un compromiso ético y la corresponsabilidad que debería ser parte de nuestro día a día, pues lo que hacemos o dejamos de hacer será pieza clave en lo que vendrá. 

Hace una semana, nuestro país estuvo en el silencio de sus calles vacías, de familias enteras que regresaron a sus hogares, cierre de comercios y parques, en las calles en muchos lugares se hizo evidente el lamento por las pérdidas de hombres y mujeres que arriesgan sus vidas en cumplimento de su vocación al servicio del pueblo mexicano. 

Hoy el mundo esta en vela, hoy estamos atentos a los conflictos que escalan en todo el orbe, hoy la incertidumbre se apodera de las naciones, nuevamente evaluando los riesgos de seguridad que se hacen evidentes y que sigue cobrando la vida de cientos de mujeres y hombres. 

Las decisiones no están en nuestras manos, pero si esta en nuestro alcance, el no hacer que este miedo líquido, vuelva a generar un pánico en el momento y se difumine en el corto tiempo, no quiero decir con ello que el miedo tenga que paralizarnos, por el contrario, debería llevarnos a tomar acciones que nos ayuden a construir sociedades diferentes. 

Hoy el fin del mundo no nos preocupa si es por un tema meteorológico, climático o de salud, hoy el final de los tiempos es mas cercano a un acontecimientos sociológico y político, es el hombre mismo que se haconvertido en su propio lobo, en su principal enemigo, cegado por sus delirios, sus intereses y sus orgullos, no visualiza al otro, al que con él camina. 

Es quizá un momento de replantear nuestro ser y nuestro estar, ¿Qué estamos haciendo por cambiar? Por que cuando el final se acerca, nos da la oportunidad de mejorar nuestras experiencias, no debería ser así, por ello tenemos la oportunidad de transformar nuestros discursos, nuestras acciones y volver a construir sociedades diferentes. Es reflexionar como desde los hogares se puede construir la paz, cuando hacemos un ejercicio real de reflexión, Ruben Darío nos dejó esta lección en su poema Los motivos del Lobo. 

—Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la envidia, la saña, la ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. 

¡Hasta pronto! 

Con Cariño Profe Beto Maldonado.

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