¿Por qué tuvimos que crecer? 

Por Jesús Humberto Maldonado Rodríguez

Agranda la puerta, padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas las puertas, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar.»Miguel de Unamuno

¿Cómo estás? Deseo de corazón que te encuentres bien. Aquella ocasión mientras caminaba al salón, te levantaste de aquella banca y te acercaste para preguntar: Profe, ¿Por qué tuvimos que crecer? Y entonces se generó aquella charla de pocos minutos, pues parte del crecer, es cumplir con nuestros compromisos y obligaciones. Han pasado algunas semanas y aprovecho para responderte y a la vez comprenderte, hoy comparto contigo este momento de recuerdo.

¿Quién no recuerda con cariño su infancia? Pareciera que, al lanzarnos en un clavado a los libros fotográficos de familia, la emoción y la nostalgia nos engañan y se apoderan de nosotros. Porque disfrutamos de esos tiempos en que soñábamos y poco nos importaba el rumbo del mundo, pues sabíamos que los adultos se encargarían de él y nosotros podríamos seguir siendo felices.

Jamás olvidaremos nuestras travesuras interminables, las locuras cometidas y las carcajadas bien vividas. Cuando en nuestras bicicletas vivíamos infinidad de historias, donde ellas hacían las veces de bicis, motos, patrullas, ambulancias, un sin fin de funciones que les atribuimos.

Tampoco podemos dejar pasar la inocencia, la simplicidad y ternura con que disfrutamos de estos años. Mientras comparto contigo este momento, viene a mi mente un escrito de José Luis Martín Descalzo, donde un pequeño al saber que su madre se encuentra enferma corre a su habitación y regresa con una manta, una cobija, y le grita «mamita, manta mamá ¡manta!», pues él había aprendido de su madre, que al verlo enfermo inmediatamente le arropaba con aquella cobija, como si la cobija tuviera superpoderes. ¿Cuántas veces no cantábamos, con nuestros padres o abuelos, «sana, sana colita de rana»? Y surtía efectos mágicos, milagrosos. Pues el dolor más fuerte desaparecía y la herida más profunda sanaba.

Hoy te preguntas, ¿por qué todo ha cambiado? ¿Por qué hemos dejado de ser niños? Dejamos de creer en esos remedios eficientes de la infancia y en algún momento alguien nos arrebató la inocencia para creer en los superpoderes de los grandes.

Hoy esa ansiedad, esos ataques de pánico, esas preguntas sin respuesta, parece que carcomen la vida de un joven que no logra conciliar el sueño, que le abruma el futuro y en consecuencia no es dueño de su presente.

Como tú, son y hemos sido tantos, hemos implorado, porque esos episodios salgan pronto de nuestras vidas, hemos buscado hacer deporte, decidimos apostar por las personas, por relaciones personales, pareja, amistades… pero todo pareciera que es obsoleto, apenas llega la noche y la incertidumbre se apodera de todas las fuerzas, o las pocas que quedan.

Somos una generación que «[…]preferimos las olas: nos dan la impresión de vida, cuando lo cierto es que no son vida, sino sólo vivacidad» (Pablo d’Ors) quizá estemos confundidos, y por ello en estos momentos en que se favorece el autoconocimiento, nos negamos a rechazar aquellas tantas experiencias, que suman en número, pero muchas veces carecen de calidad. ¡Por eso tenemos miedo!

Por eso añoramos los momentos de infancia, los recuerdos de aquel pasado en que nos regocijábamos, pues hoy, pareciera que el mismo calendario nos castiga, al celebrar el día del niño y un día después, recordarnos que ahora somos parte del mundo del adulto, conmemorando el día del trabajo. Preocupados por la realidad que nos toca enfrentar.

¿Sabes? Quizá es verdad, no tengo la solución, para ti, para los tuyos, para tantos hombres y mujeres que hoy nos enfrentamos a nuestras propias personalidades, donde nos hemos vaciado, donde incluso la distancia nos ha separado y los «sentimientos se enfrían» en muchos casos, mediados por una pantalla o un emoji. Pero te propongo una última cita: «La verdadera vida, está detrás de lo que nosotros llamamos vida», para Pablo de O´rs, la vida se encuentra quizá detrás de aquello en lo que nos ocultamos para vivir, quizá la vida esta para el que siempre trabaja en un momento que descansa, o para el que siempre ríe la vida tal vez la encuentra en un momento de dolor. 

Me parece interesante, pues llamamos vida a tantas cosas, diversión, placer, viajes, trabajo, en fin una lista tan variada como varios somos en personalidad. Pero tal vez estemos equivocados, quizá estos momentos, serán valiosos para muchos que descubrirán que dejando de hacer algo, realmente vivieron. Es un riesgo, es una aventura.

¡Volvamos a soñar! No perdemos nada, podremos ganar mucho, aferrándonos a ese sueño como cuando niños a aquel juguete. ¿Te animas a intentarlo? ¿Por qué queremos volver a ser niños? 

Gracias por hacerme esta pregunta. Seguimos caminando.

Con cariño

Profe Beto Maldonado.

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