Por: Jesús Humberto Maldonado Rodríguez
“Mas tiempo. Una hija toma la mano de su madre enferma. Un jinete se afana por llegar antes de que se ponga el sol. Un granjero en pugna con una cosecha tardía. Un estudiante inclinado sobre montañas de papeles.” (Mitch Albom)
Hace un par de semanas, mientras cubría mi horario de trabajo, se acercó una mamá para solicitar información sobre los programas educativos y las posibilidades de inscribir a su hijo en la Universidad.
Hubo dos momentos clave que me llenaron el alma, el primero recibir a una madre de familia angustiada, que lo único que esperaba era una oportunidad. Una madre que además fue docente por varios años acompañando a generaciones de niños en la educación primaria. Una madre que sabe sobre la importancia de acompañar procesos, una mamá y maestra que impulsó la vida de muchos ciudadanos.
En este encuentro, al recibirla y proporcionar información, sus ojos se llenaron de lágrimas y compartió su historia, su preocupación y dejó claro en ese preciso momento lo que por mucho hemos escuchado: “No hay amor más grande que el de una madre” y es que al escuchar su historia y saber sobre su batalla con la enfermedad, era su alma la que también necesitaba que alguien la escuchara, es la angustia de quien constantemente busca asegura la existencia de los suyo, cuidar cada detalle porque no sabemos cuando la vida se acaba.
El segundo momento, fue el encuentro con su hijo, un adolescente cuya vida se construye en lo difícil de su etapa, entre la negación y la aceptación; entre el deseo de aprender y conquistar el mundo; pero también con el arrebato de la falta de consciencia, de la imprudencia. Es ver nuevamente lo que desde hace tiempo he tenido la oportunidad de conocer, experiencias humanas que se construyen día a día, en el silencio de la batalla interna y muchas veces contra marea, contra una sociedad que lleva prisa y que no tiempo.
¿En qué momento la humanidad aprendió a temer al tiempo? Y es que día a día nos levantamos en una batalla constante con el reloj, cinco minutos más de descanso, quisiéramos muchas veces adelantar el tiempo para concluir las jornadas y otras tantas congelarlo para evitar perder aquel momento que representa grandes oportunidades o bien para no perder a las personas que amamos y que llenan de sentido nuestro tiempo, nuestros días.
Albert Camus nos da un consejo que resulta alentador, pero a su vez un gran desafío cuando hemos estado acostumbrados a vivir desde la prisa, desde la impaciencia y con una total desconfianza. “La verdadera generosidad para con el porvenir consiste en entregarlo todo al presente”, es quizá el acto más grande que podemos hacer.
Lejos de filosofías inmediatas, es un constante aprender a desaprender, vivimos pensando en el mañana mientras tanto se nos ha ido la vida, se nos van los momentos que pueden ser importantes, se alejan las personas que pueden estar cerca a nosotros. Hoy, es lo único que tenemos. Es la oportunidad que tenemos para hacer las cosas diferentes, si realmente deseamos cambiar o construir un mañana diferente, nuestra oportunidad es ahora.
Este encuentro con aquella mamá y aquel hijo, me hicieron frenar, parar y pensar en lo que hoy si puedo hacer. Como aquella mujer, hoy puedo amar y estar con los que amo, construir momentos que seguramente serán la esperanza, el recuerdo y la oportunidad de trascender en el mañana, cuando llegue y con quienes estén en ese presente. No puedo asegurar que llegaré con todos cuando los sueños se alcancen, pero estoy seguro de que recordarán los que estén, lo que significó vivir el presente con quienes se aman.
El tiempo, nunca va a ser suficiente. Siempre hará falta, pero hoy estamos y existimos. Pero si no existimos y solo sobrevivimos, ¿Qué de extraordinario estamos haciendo?
Estoy seguro de que aquel diálogo, que hoy ya es parte del pasado, personalmente ayuda a vivir el presente, estando con los que amo; estoy convencido que aquella madre y aquel hijo, por un momento se sintieron humanos y frágiles, pero unieron un eslabón más en su historia y sus recuerdos. Una madre que ama al extremo y un hijo que escucha a viva voz las batallas de una madre que sigue luchando con él, por él y con todo lo que enfrenta para vivir su presente.
Con cariño, Prof. Beto Maldonado.
