Carta para un docente que acompaña al afligido 

Por: Jesús Humberto Maldonado Rodríguez

Querida colega y querido colega, ser docentes, cuando se vive la verdadera vocación no se limita única y exclusivamente a la impartición de una clase, a cubrir un horario y entregar formatos. 

Muchas veces, los alumnos te conceden títulos que las universidades no pueden arrebatar, serás el superhéroe, otras tantas un villano de su historia y otras más serás la única persona que los escuche sin juzgar. 

Nos tocan tiempos que son los nuestros, no son peores o mejores que los de nuestros padres, simplemente son los nuestros y con ellos aprendemos a vivir nuestra propia existencia y compartirla con ellos, con quienes están en nuestras aulas o los pasillos de los centros escolares. 

Enfrentamos desafíos en el ejercicio de la profesión y la vivencia de nuestra vocación, un sistema que nos hace todólogos y a su vez nos advierte de los riesgos que implica el ser los mismos. 

Cada día nuestras escuelas son lugares donde se concentran cientos y cientos de historias, cada una de ellas diferente. Muchas veces disfrutamos de las experiencias que hacen felices a nuestros alumnos, la historia del primer amor, el pase a aquella etapa estatal o nacional como representantes en alguna disciplina o área del conocimiento, los triunfos de los emprendimientos, sin duda nos hacen parte de sus logros, alumnos y colegas; familias completas. 

Pero que diferente es cuando escuchamos aquellas historias llenas de dolor, cuando nuestros compañeros o alumnos sufren a causa de la indiferencia, del desamor, de la violencia en los hogares, de la pérdida de algún ser querido. Aquellas historias que nos hablan del sentimiento de vacío, del cansancio por perseguir los sueños. 

Siempre será difícil acompañar, siempre, muy en lo profundo quisiéramos tener las respuestas, las soluciones para que dejaran de sufrir, pero no siempre es así y entonces muchas veces sólo tocará aprender a hacer lo que hoy tanta falta hace: aprender a escuchar y estar, no siempre se está en busca de las respuestas, muchas veces bastará tu tiempo, tu escucha para aligerar el camino en un mundo donde no hay tiempo para lo que verdaderamente importa, la compañía, la cercanía y la empatía. 

Así, cuando tengas la oportunidad de acompañar, recuerda que lo más valioso será tu escucha y la cercanía, es el consuelo que regala el trato personal y aunque no sea la curación a las heridas, siempre será un momento de calma para el afligido. Siempre será la maestría y el doctorado que te dejan las aulas, los títulos honoríficos que las personas te conceden, sin duda son los únicos que llevarás el resto de tus días, son los que acompañaran el gran legado que estás formando en las aulas y la sociedad en que te encuentras. 

Hoy, que están concluyendo periodos, detente un momento y piensa, en lo que lograste, en cuantas veces fuiste el curita para la herida de aquel alumno o alumna, de aquel colega o aquella familia. Piensa en como un saludo, pudo cambiar el día para cada uno de tus colegas, en como jugar en el patio con tus alumnos, te convirtió en su superhéroe. 

Sin quererlo, llevas en tu corazón ya varias decenas de historias que te han hecho creer y crecer. 

Con cariño Prof. Beto Maldonado.

 

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