Cuando los sueños caducan

Por Jesús Humberto Maldonado Rodríguez. 

“Los sueños son necesarios para la vida” (Anais Nin), una sentencia que refleja una de las realidades que acompañan nuestra existencia humana: Soñar. 

Si hacemos un alto en el camino, nos pausamos y sentamos a reflexionar un poco, nuestra vida ha estada acompañada de sueños, muchas veces fuimos el sueño de una familia por compartir la vida, o el sueño de compartir la existencia con alguien. Hemos soñado desde la infancia con aquello que queremos ser, lo que queremos lograr, a donde queremos ir, en fin, nuestra vida es un sueño, así como lo escribió Calderon de la Barca. 

A lo largo de la historia del pensamiento, hemos tenido momentos en los que hemos creído en la predestinación de nuestras vidas, otros tantos en donde hemos concebido los sueños como una oportunidad de construir nuestras experiencias vitales que dan sentido a la existencia humana. 

Muchas veces he tenido la oportunidad de escuchar y compartir los sueños con personas de diferentes edades, por ejemplo, recuerdo el sueño de Mateo, aquel pequeño de preescolar que soñaba con ser como su papá y sus ojos brillaban cuando contaba lo que hacía. O el sueño de Rebe, aquella pequeña que soñaba con ser bombera, así como su mamá y su papá, quienes le hacían parte de la gran labor social que desempeñaban. 

Pero también estuvo el sueño de aquel adolescente que quería ser un futbolista profesional, el sueño de aquel colega que quería ocupar una función en la institución donde labora, o el sueño de aquellos padres de ver a sus hijos construir un camino diferente, una oportunidad de trascender y superarse. No es menos aquel sueño de aquella abuela que devotamente todas las mañanas en la entrada del colegio daba la bendición a su nieto y nos lo encargaba para que pudiera ser una buena persona en medio de todas las desgracias que había experimentado a su corta edad. 

Soñar es parte de nuestra existencia, aunque las realidades vividas muchas veces pareciera que nos afectan y nos roban esta oportunidad, no es así, ahí persiste, se mantiene a la espera de ser un momento en que podamos creer en que el cambio es posible. 

Hace ya algunos años un profesor, nos diría en el salón: “jóvenes, no dejen de soñar. Pero no se olviden que a los sueños hay que ponerles una fecha de caducidad”, y entonces en la mente se contrariaba la experiencia. ¿Cómo es posible que un sueño tenga fecha de caducidad? Dejaría así de ser importante, de ser un sueño. 

Sin embargo, la experiencia vital le ha dado la razón a aquella premisa y que hoy también comparto. Nuestros sueños son motores que encontramos en la raíz de nuestra experiencia como mujeres y hombres, ahí están y se hacen presentes para impulsarnos, para inspirarnos y orientar nuestras propias vidas. 

Cuando tenemos un sueño, la vida, muchas veces por compleja que parezca, nos da la oportunidad de recuperar fuerzas y seguir impulsándonos para desarrollar proyectos, actitudes y experiencias, permitiéndonos crecer. Es verdad el sueño nos regala esperanza, nos hace pacientes y constantes, no sabemos cuándo, pero si sabemos que algún día lo conseguiremos. Y si en el camino, descubrimos que el sueño no se visualiza, no se alcanza o hemos perdido el rumbo, es ahí donde descubrimos que nuestro sueño debe tener una fecha de caducidad, que nos permita renovar nuestras fuerzas, que nos ayude a reconocer de cara a lo alcanzado y lo vivido, que nuestro sueño o es reemplazado o se convertirá en una gran utopía. 

Y es que soñar no es malo, pero cuando el sueño te frena, cuando no te permite crecer, entonces se precipita lentamente el hombre a la muerte de todos sus anhelos por la frustración que muchas veces provoca, el constante reclamo por los tiempos, los momentos y los resultados. 

Ya lo decía Jorge Bucay, en su cuento de la Regla del Oso Idiota, donde nos marca el camino y el rumbo. Si en verdad queremos algo hay que Obtenerlo (O de oso), poner todo el corazón y las fuerzas por alcanzar aquello que se anhela. En algún momento, tal vez veamos que ya se puso todo y aun con ello no se logró, entonces hay que dar el siguiente paso. Sustitúyelo (S de oso), quizá no era lo que buscabas,pero hay una pequeña variable en el sueño, un camino paralelo para alcanzarlo, donde también se puede ser demasiado bueno o bien quizá ayude a descubrir que es un capricho y que se tiene dar el siguiente paso. Olvídalo (O de oso), así es, es necesario olvidar para permitirnos avanzar. Quizá no es por esta área, tal vez este solo cumpliendo el capricho de alguien más pero no me hace pleno. Olvidar es la solución, para poder replantear, sincerarse y entonces volver a andar, por complejo que parezca. Como muchas veces pasa, hay ocasiones en las que no es fácil seguir el camino propuesto, es ahí cuando nos convertimos en unos verdaderos idiotas. Porque se nos escapa la vida, se nos van las personas, se pierden los sueños por la falta de valentía de cara a nuestra experiencia. 

Así es como entonces se descubre la importancia de poner una fecha de caducidad al soñar, no por ser una derrota a las aspiraciones, sino por ser un motivo para seguir creciendo y transformado la experiencia. 

Aunque a veces sea complejo, hoy te invito a seguir soñando, construyendo lo mejor para ti y para los tuyos. No quitemos el derecho de soñar en nombre de una experiencia fatalista, de una insatisfacción personal. Los escenarios que visualizamos muchas veces son en este sentido, nuestras vidas están llamadas a creer en el gran potencial de los sueños, en aquellos que esperan algo diferente, una sociedad más justa, un mundo más humano, a pesar de las grandes catástrofes que experimentamos. 

Sueña, entonces sigue construyendo, sigue aspirando, equivócate y enmienda, pero por favor, no dejes de soñar. 

Con cariño, profe Beto Maldonado.

*Las opiniones expresadas en la sección de opinión, son responsabilidad del articulista que las emita y no necesariamente reflejan el pensamiento ni la línea editorial de este medio.

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