Por: Jesús Humerto Maldonado Rodríguez
“¿Tú quién eres? – Ni siquiera eres padre, ¿qué me puedes decir? No vale la pena hablar contigo” De esa manera se daba una entrevista con una familia, para atender y acompañar un proceso escolar. Un proceso que se solicito como un diálogo para generar estrategias de acompañamiento en beneficio de la adolescencia.
Son una generación de cristal, de algodón de azúcar o de concreto y metal, estás son afirmaciones que constantemente escuchamos y son los principales actores de los grandes debates que tenemos en los centros escolares y todo lugar donde el acompañamiento de las personas se lleva a cabo.
Hoy sabemos que los tiempos han cambiado, pero eso no es la novedad, lo verdaderamente novedoso es quizá que hoy, más que antes, vivimos en una experiencia de hipersensibilidad y de poca tolerancia.
En pleno siglo XXI, cuando todos hacen una verdadera apología del diálogo, invitándose unos a otros a sentarse a compartir ideas, a debatir y opinar con relación a los temas que los unifican; lo cierto es que el diálogo es el que menos participación tiene ya que desgraciadamente en muchos de los escenarios que compartimos pareciera que la verdad es secuestrada por uno de los actores en el diálogo. Y cuando no se puede tener un canal de comunicación fluido, se rompe abruptamente convirtiéndose aquello en un espacio de discusión muchas veces violenta.
Hemos olvidado que dialogar, no es siempre comulgar en la totalidad con el otro, con quien piensa diferente, es encontrar espacios en los que la escucha se convierta en un momento donde se puede aprender de las experiencias, de reconocer las propias carencias y saber como crear puentes de comunicación en donde los muchos temas que hoy nos dividen, pueden ser un punto de conexión para sumar esfuerzos y construir una realidad diferente.
Hablar de generaciones y colocar estos apellidos, no siempre son la mejor manera de iniciar el diálogo, favorecemos muchas veces un entorno ya violento cuyos desafíos se vuelven más complejos y los resultados muchas veces son más alarmantes, los daños principales y colaterales han subido de tono y encendido las alarmas en nuestra sociedad.
Como sociedad, hemos sido los responsables de las muchas barreras de la comunicación que hoy tenemos, hemos crecido bajo el impacto de las modas, pero hemos olvidado muchas veces la oportunidad de construir algo nuevo. Hemos sido parte de la teoría del descarte de la que hablaba el papa Francisco, una teoría donde se desecha no sólo los productos, materiales e insumos, sino también hemos desechado a las mismas personas, a aquellas que parecen no pensar igual que yo, a quienes se encuentran en etapas avanzadas de su edad, a los enfermos, a los que se encuentran marginados, una larga lista que podríamos seguir editando, pero cuyo campo semántico es aquello que no me sirve, desde una visión egocéntrica y hedonista.
Y desgraciadamente los espacios escolares no son la excepción, con tristeza vemos como, bajo el influjo de las modas hemos integrado o incluso nos hemos apropiado muchas veces esos adjetivos en la misma personalidad, perdiendo la oportunidad de regresar a nuestros orígenes, a nuestra esencia como personasque nos permita precisamente llegar a los otros, reconocerlos y generar las condiciones en que podríamos compartir horizontes, tal vez los avances que hemos tenido han ofuscado nuestra persona, le han robado muchas veces la experiencia de sentirse humanos.
“Cuanto más avanza lo artificial y el activismo, más y más son los que en cada generación trabajan como esclavos toda la vida en los bajos y subterráneos parajes de la confrontación […]” Kierkegaard
No somos cristal, ni metal, somo personas muchas veces precipitadas por el tiempo, por nuestros ritmos de vida y por los avances que nos han cegado para reconocer lo valioso que cada individuo tiene para compartir, lo cierto es que la vida no siempre es, como dirán los versos populares, “color de rosa”, hay mucho que se aprende desde la frustración, desde el trabajo en equipo (que no siempre es fácil), desde la impotencia y no, no son realidades que debamos ocultar, al contrario reconocerlas y otorgarles un lugar en el mundo en que vivimos, pues también de las caídas, de los errores y de la ignorancia se aprende, pero preciso es tener un ejercicio de humildad, de cara a nuestra historia, para integrar y no separar.
Hasta pronto.
